Raúl Castro y Nicolás Maduro (EFE)
Raúl Castro y Nicolás Maduro (EFE)
Hasta el 6 de diciembre de 2015, el chavismo mantuvo una diferencia fundamental con el régimen cubano: se sometía periódicamente a elecciones competitivas. Y las ganaba. Es cierto que había copiado en parte su modelo económico estatista, avanzaba en el control sobre la prensa y la justicia, y había empezado a encarcelar a los opositores más duros. Pero la legitimidad de origen se mantenía. Eso era lo que permitía decir que Venezuela era una democracia, a pesar del modo autoritario de ejercer el poder.
Todo cambió después de la estrepitosa derrota que le propinó la oposición en los comicios legislativos de ese 6 de diciembre. Lo primero que hizo el gobierno de Nicolás Maduro fue nombrar en sesiones extraordinarias a 12 de los 32 jueces del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) con un número de votos inferior a los dos tercios que exige la ley. Con la ayuda de esos magistrados adictos dio los pasos siguientes: quitar a sus adversarios la mayoría calificada que habían obtenido en la Asamblea Nacional apartando a tres diputados del estado de Amazonas, declarar inconstitucionales todas las leyes que sancionó el cuerpo y, finalmente, despojarlo de sus funciones en un fallo que generó tanto escándalo que debieron revertirlo días más tarde. Así comenzaron, hace ya tres meses, las protestas que tienen paralizado al país.
Decidido a no volver a someterse al voto popular, el Gobierno suspendió indefinidamente los comicios regionales pautados para diciembre de 2016. Después bloqueó el referéndum revocatorio constitucional que impulsaba la oposición para que los venezolanos decidieran si querían seguir siendo gobernados por Maduro.
"La lección que dejaron al gobierno los comicios de 2015 es que no puede haber elecciones libres. Es indudable que el régimen está empleando todos los mecanismos que tiene a su favor, represivos, institucionales y financieros, para ahogar la posibilidad de que haya un triunfo opositor en las presidenciales (pautadas para 2018). Muchos dicen que estamos pasando de un autoritarismo electoral a un autoritarismo corporativo", explicó Carlos A. Romero, profesor de ciencia política en la Universidad Central de Venezuela, consultado por Infobae.
El Presidente resolvió apostar por un cambio de régimen. Para eso convocó a una Asamblea Constituyente, aunque violando la constitución vigente por duplicado. Primero porque la ley suprema establece que es necesario convocar a un referéndum previo. Segundo, porque el método elegido para nombrar a los constituyentes que reformarán la carta magna rompe con el principio de una persona—un voto, y está pensado para que el oficialismo pueda decidir quiénes son designados. Los parecidos con Cuba empiezan a ser cada vez más grandes.
Javier Corrales, profesor de ciencia política en el Amherst College, de Massachusetts, enumeró algunas de las similitudes entre los dos regímenes. "Se le ha dado mayor control al partido de gobierno (que cada día es menos internamente democrático), en las funciones del estado, y se le dio a las Fuerzas Armadas un peso enorme. Esa combinación de partido con militares, controlando tanto el estado como la economía, es la fórmula de Raúl Castro para ejercer el poder, y Maduro la está emulando. Otra similitud importante es que en Venezuela, como en Cuba, no existe verdaderamente un sector privado exportador. Toda la entrada de divisas la controla el estado. Ese monopolio sobre los dólares le da una gran ventaja política contra sus potenciales rivales", contó en diálogo con Infobae.




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Elecciones sin democracia
La elección de constituyentes que se celebrará el próximo 30 de julio es una muestra de ese acercamiento del modelo chavista al cubano. En un esquema que parece diseñado para confundir a los votantes, los candidatos no podrán presentarse en representación de un partido, sino que se postularán a título personal, identificados con un número. Tras un proceso de presentación de candidaturas muy poco transparente, el Consejo Nacional Electoral (CNE) aseguró que hay más de 55 mil personas anotadas.
Pero eso no es nada. Lo verdaderamente escandaloso es el sistema de elección. La Asamblea Constituyente estará conformada por 545 integrantes. Entre ellos, 364 serán elegidos según criterios territoriales, como se vota a los legisladores en cualquier país, pero 173 saldrán de comicios sectoriales o corporativos. Las comunidades indígenas designarán a los ocho restantes.
¿Cómo se elegirá a los 364 representantes territoriales? Cada uno de los 335 municipios que hay en Venezuela votará a uno solo, sin importar su población. Adicionalmente, las 23 capitales de estado podrán nombrar a un segundo constituyente. Sólo Caracas, por ser la principal ciudad del país, tendrá la posibilidad de elegir a otros seis. Para entender hasta qué punto se rompe el principio de una persona—un voto basta con decir que el municipio de Maroa (Amazonas), que tiene apenas 2.029 habitantes, tendrá la misma representación en la Asamblea que Caroní (Bolívar), donde viven más de un millón de personas. La razón es obvia: el peso del aparato estatal es mucho mayor en los distritos pequeños, por eso el chavismo suele ganarlos. Si se repitieran los resultados de 2015 bajo este esquema de representación, se daría el absurdo de que se impondría el oficialismo por 194 a 166, a pesar de recibir muchos menos votos.




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Como si esto no fuera suficiente para inclinar la balanza, están los 173 constituyentes corporativos, que se elegirán de la siguiente manera: 79 en representación de los trabajadores, 28 por los pensionados, 24 por los estudiantes, 24 por los consejeros comunales, 8 por los campesinos y los pescadores, 5 por los empresarios y 5 por los discapacitados. Las arbitrariedades brotan por todas partes. ¿Quién decide si una persona pertenece a tal o cual corporación? Las instituciones oficialmente reconocidas por el estado. Para votar hay que estar formalmente inscrito en ellas, de modo que son estos entes —que en su mayoría son controlados por el gobierno— los que definirán quién puede participar y quién no.
Los parecidos entre este sistema electoral y el cubano son notables. Es probable que muchos no lo sepan, pero en Cuba se vota periódicamente. Aunque todo está diseñado de manera tal que es el Partido Comunista de Cuba (PCC) el que controla todo el proceso, y es imposible que llegue a la Asamblea Nacional alguien que no cuente con su apoyo. Uno de los puntos de contacto con lo que está impulsando Maduro en Venezuela es que las elecciones se realizan a nivel municipal, y los candidatos no son postulados por partidos políticos. El PCC, que es el único reconocido, no se considera como un partido electoral, sino como el guía de la nación. Si bien cualquier persona puede aspirar a presentarse, para ser oficialmente aceptada como candidata debe ser votada a mano alzada en asambleas barriales. De esta manera, el régimen puede ejercer un control directo sobre quiénes se postulan, y se asegura de que no haya indeseables. Casi todos son militantes del PCC.
Los órganos ejecutivos, que son el Consejo de Estado —de donde sale el presidente— y el Consejo de Ministros, no son directamente elegidos por los ciudadanos. Sus miembros son nombrados por la Asamblea Nacional. Como se votan individuos, y no fuerzas políticas, la población no tiene ninguna manera de incidir sobre la elección del mandatario. Lo deciden los diputados discrecionalmente. No sería sorpresivo que la reforma constitucional que tiene en mente el chavismo incluya una modificación del sistema electoral que vaya en esa dirección, haciendo indirecto el nombramiento del jefe de estado. En cualquier caso, más allá de las similitudes y de las diferencias entre un sistema y otro, en esencia buscan lo mismo: que haya elecciones sin democracia.
"Hay una búsqueda común de un sistema político de partido único —dijo Romero—. Es algo que Cuba logró, pero que Venezuela aún no ha podido, a pesar de intentarlo y de limitar a la oposición a su mínima expresión. Otra semejanza es el control político que han tenido los dos de los factores fundamentales del poder: las Fuerzas Armadas, el movimiento obrero y la entelequia burocrática. Las instituciones están bajo el control del gobierno, y las que no, como la Asamblea Nacional y ahora la Fiscalía, desaparecen".




Nicolás Maduro y Raúl Castro (AFP)
Nicolás Maduro y Raúl Castro (AFP)
Parecidos, pero muy diferentes
"Fidel Castro destruyó todas las instituciones de Cuba, los partidos políticos, el Congreso, la prensa y la Iglesia, de la noche a la mañana. En Venezuela se sigue el mismo método, pero con más lentitud. En parte es por la época, en parte por la presión internacional y de la juventud. Y también porque no tiene un apoyo como Cuba tenía con la Unión Soviética. Pero el objetivo es el mismo", afirmó a Infobae Jaime Suchlicki, director del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos, en la Universidad de Miami.
Las diferencias de contexto entre los dos procesos políticos son considerables. Para empezar, Fidel Castro llegó al poder por las armas, con una revolución que derrocó a una dictadura militar. Eso le permitió hacer cambios muy abruptos al comienzo. "Castro estuvo 17 años sin llamar a elecciones. En 1976, cuando estableció el Poder Popular y la Constitución socialista, no había puntos de comparación con la situación anterior a 1959, que por otra parte estuvo contaminada por el golpe de estado de Batista en 1952. Del 52 al 76 son 24 años, toda una generación de cubanos sin referencias comparativas. Entonces, implantar la maquinaria cubana fue relativamente sencillo. En Venezuela no es así, porque hubo elecciones hasta diciembre 2015", dijo a Infobae el politólogo cubano Eugenio Yánez, ex profesor de la Universidad de La Habana y editor de Cubanálisis-El Think-Tank, con sede en Miami.
Esa diferencia explica que en Cuba no haya habido jamás una oposición organizada al régimen, lo que contrasta con un movimiento opositor vigoroso en Venezuela, que a pesar de los golpes se mantiene como una amenaza para el gobierno. "En Venezuela todavía existen instituciones no estatales, muy debilitadas, pero operantes —dijo Corrales—. Maduro todavía no ha desplegado el nivel de represión que Fidel Castro empleó entre 1959 y 1961, que fue brutal. Hay mucha represión en Venezuela bajo Maduro, eso está claro, y más de lo que se veía en desde los 50, pero todavía no ha llegado a esos niveles".




Por otro lado, son momentos históricos muy diferentes. En la era de la Guerra Fría, cuando la democracia aún no estaba tan asentada en América Latina, la ciudadanía toleraba cosas que hoy son impensables. Además, están los cambios sociales asociados a las nuevas formas de comunicación. El chavismo controla los medios de difusión masiva, pero las redes sociales, que replican en segundos videos registrados con cámaras de teléfonos celulares, son mucho más difíciles de controlar.
Por todo esto, Romero, al igual que otros analistas, afirma que "el modelo cubano no se puede duplicar en el caso venezolano". Pero eso no significa que el proyecto de Maduro, o del chavismo en general, vaya necesariamente a fracasar. Con un esquema de poder distinto, probablemente más inestable, aún es posible que se sostenga por mucho tiempo más.
"Pueden instaurar un sistema más totalitario, reducir aún más el acceso a los medios de comunicación, y expulsar del país o arrestar a los principales opositores —dijo Suchlicki—. Tal vez no siga Maduro y cambien las figuras a la cabeza del gobierno, pero el régimen puede continuar".
Todo indica que el grado de éxito que tenga el chavismo en este proceso constituyente puede ser una bisagra. "Vamos a llegar a una encrucijada a fin de mes: o el gobierno se sale con la suya y profundiza el proceso, o se ve obligado a negociar con la oposición", dijo Romero. Yánez fue más drástico. "Si los venezolanos que desean la democracia no logran ganar esta batalla ahora, tendrán sobre ellos el infierno por muchos años. Como ha sucedido en Cuba", concluyó.
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